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Recuerdo el interés con el que escuchaba historias de la niñez de los mayores, de mis mayores.
Los relatos de aventuras y gamberradas infantiles de mis padres, incluso alguna que me me contó mi abuelo materno, dibujaban en mi imaginación un mundo imposible de repetirse, repleto de críos alocados y al tiempo pícaros e inteligentes. Supongo que lo idealizaba y para ello contribuiría sin duda, cierto maquillaje en la exposición por parte de los narradores. En cualquier caso, el relato de aquellas trastadas en blanco y negro, satisfacía tanto al orador como al oyente. Uno por compartir la parte amable de sus recuerdos, y el otro por reconocer cierto grado de complicidad en los mayores. Quizá de haber coincidido en el tiempo no habríamos sido muy distintos.

El caso es que pienso que esa empatía del niño, por el padre niño, por la madre niña, no era correspondida con igual entusiasmo por la otra parte. Ni antes ni ahora. Quizá no suceda nunca. Quizá no sea posible.

La brecha generacional es inevitable y aunque creo que muchos de jóvenes, se enmendaban para que tal asunto no les condicionase en un hipotético futuro cuando inevitablemente cambiasen las tornas, se daban, se dan y se seguirán dando de bruces con una pared, ya convertidos en padres, o simplemente mayores.

Nos tocó escuchar a muchos, reproches más o menos fundados por parte de los mayores, sobre la suerte que tuvimos de no haber crecido como ellos en una época de posguerra, de grandes necesidades. Escuchábamos aquello mientras veíamos la televisión, o vivíamos con nuestras necesidades más básicas cubiertas. Con humildad, con apreturas sí, claro que sí, pero con un entorno que no nos condenaba a la enfermedad, a la hambruna… Bueno no a todos, eso también es cierto.

El recuerdo que guardo de aquellos reproches, que llegarían a cuenta de menosprecios por parte propia, o de alguna trastada ¡que se yo! es el de no hacerles mucho caso. A ver, que se me entienda, comprender lo comprendía, pero cuando un argumento se repite para tantas cosas y tantas veces, fuese en casa, en la escuela, en el entorno, deja de tener efectividad y solo es una musiquilla molesta.

Imagino que como padre, seguramente que con otros argumentos, habré caído más de una vez en el mismo error que quienes me precedieron. Confieso que intento no hacerlo y ya no les doy la lata a mis hijos con el tema de los móviles y procuro no meterme contra una parte de la música que escuchan.

Lo de los móviles porque es que el mundo ya es así. No podemos elucubrar de qué manera los chavales cambiarán un smartphone por un tirachinas. Eso no va a pasar y aunque nos parezca que están aislados y toda esta tecnología haya traído también algunos problemas, la verdad es que están totalmente conectados con sus amigos y eso no es nada malo. Que empleen o no esos trastos con criterio es en gran parte una responsabilidad nuestra, pero no soñemos con poner puertas al mar.

Y con lo de la música pues sí, me da pena que se haya producido semejante retroceso. La verdad es que pensar así resulta peyorativo, pero es cómo lo siento. En mi caso mis chavales todavía muestran gusto por la música que sus padres escuchamos. Sé que les gustan algunas bandas de rock and roll, punk rock, algo de música clásica (poca, pero algo es algo) y por supuesto que participan de los gustos de hoy. Como la mayoría, muestran afinidad con una parte de esos ritmos de los que no quisiera acordarme, que si trap, reggaetón… Cómo en todos los estilos, hay géneros y subgéneros, así que no me meteré demasiado en ese patatal porque no es adecuado ni justo generalizar a todos los artistas por la temática en las letras de algún machirulo trasnochado, pero no nos quepa ninguna duda de que ellos, cómo se lo escuche hace poco a un compañero, van a tener sus héroes y mártires, como todos los tuvimos.

Para los que fuimos adolescentes y jóvenes en los años ochenta y noventa, hacer propio el “No future” que el punk elevo a la categoría de dogma, no era difícil a tenor del negro porvenir que se nos dibujaba, en un mundo azotado por una crisis industrial atroz y salpicado de conflictos, propios y ajenos, que amenazaban incluso con mandar a tomar vientos a toda la humanidad.

Que la juventud sienta que sus modas o parte de sus gustos, son rechazados por los mayores, conformará en parte su personalidad. Eso confiere sentimiento de grupo, de pertenencia y no es malo, pero hoy hay mucha gente mayor a la que se le está yendo la pinza.

Han empezado a mezclar todo y si la relación intergeneracional con los más jóvenes y adolescentes, es de por naturaleza tensa, algunos la agravan hasta el extremo con el asunto de la pandemia y los toques de queda.

Los jóvenes empiezan a sentirse culpabilizados, quizá de manera subjetiva perseguidos y no les faltan motivos. Son perfectamente conscientes de la hipocresía de aquel que solo ve la paja en el ojo ajeno.

Que vale que hay chicos insolidarios, que no serán empáticos y que no tienen la más mínima intención de sacrificar parte de su ocio, por ejemplo, por la seguridad de otros. Pero si hay chicos así de egoistas, hay bastantes más adultos que al respecto les podrían impartir un máster. No sé si valoramos suficientemente cómo están viviendo ellos todos esto. Tengo la impresión que quizá sin darnos cuenta, estamos minusvalorando su sentir. Que muchas y muchos habrán empezado a relacionarse con otros de manera afectiva y ese ímpetu que se nos despertaba cuando caíamos embobados por alguien, a ellas y a ellos les corroe por no poder darle rienda suelta. Se enamoran, se frustran, se encienden o se enfadan cómo cualquiera, y aunque todos debemos cargar con lo nuestro, a ellos les cuesta más. Pongámonos unos minutos en sus pellejos. ¿Qué habría sido de nosotros sin aquella inconsciencia, sin nuestros atropellos y errores? ¿Y qué futuro les espera a los chavales de hoy? No lo ven nada claro y eso pesa mucho. Algunos ya se han visto relegados del mercado laboral por una crisis iniciada hace más de una década, que los deja sin apenas recursos y sin un proyecto de independencia y realización personal. Contratos y sueldos basura, la vivienda prácticamente inasequible, y para los que ahora se asoman a la adolescencia las cosas no pintan mejor.

Claro que algunas actitudes pueden costar la salud de otros, pero valoremos los contextos y condicionantes antes de generalizar. Por eso me enfrentaré siempre a quien haga bandera del reproche a la juventud para convertirlos en chivos expiatorios de su frustración. Una actitud que sirve bien para desviar la atención de otras cuestiones. Esto cualquiera lo entiende.

Es duro a veces reconocer que nos toman el pelo, pero más si cabe, constatar que se es un imbécil de libro, al conformarse con el desahogo que confiere cargar la ira contra un colectivo que nunca va a poder defenderse, y que por encima de alguna actitud reprochable de muy pocos, es totalmente inocente.
Y vuelvo ahora al inicio del texto, a la desconexión generacional. Algo entendible pero que lamentablemente puede acrecentarse más por la parte de la que nunca lo habríamos esperado: la de los más mayores.

Utilicemos la cabeza para algo más que llevar pelo y no actuemos al dictado de los mismos impulsos que criticamos.
Y un poco más de empatía con la chavalería, que qué pronto se nos ha olvidado lo bien que llevaron aquel lejano, lejanísimo confinamiento. Debió suceder hace muchos años, sí.