Said

Said

Aquel año, los niños del verano se buscaron por unos días una ocupación curiosa.
Cuando por las tardes iban al río a bañarse, alguno comenzó a sacar del fondo las piedras que más le atraían. Las que eran totalmente lisas, las de formas ovaladas, las que les recordaban a algún objeto cotidiano, las que tenían colores distintos y desentonaban precisamente por ello del resto…
Yo también acudía a bañarme a las frescas aguas de ese río y les observaba un tanto cómplice. No puedo negar que de vez en cuando, también recojo alguna del fondo y me quedo observándola por cualquier motivo, como los que os he comentado antes. Después la devuelvo al cauce, con sus compañeras, con las que imagino que se empujará y revolverá en las crecidas del invierno, pero ahora que era verano y reposan tranquilas en el fondo.
Los niños del verano, lo son porque se juntan en el estío, porque son de ciudades distintas y ni logro ni quiero imaginarlos en ellas. Solo los veo corriendo en bicicleta o los escucho rompiendo la casi eterna tranquilidad de un lugar tan especial en el mundo, como para que regresemos a él año tras año. Pues aquel año, no devolvieron las piedras al río, se las llevaron y se emplearon en decorarlas.
Las pintaban, y lo hicieron de muchas formas y colores. Aquellos cantos del río, moldeados suaves en sus formas por efecto de la erosión de siglos ( ¿qué sentido puede tener el paso del tiempo en el fondo de un río? ) adquirieron un aspecto que los hizo muy atractivos. Quizá por lo espontáneo, quizá por lo original, el caso es que alguno de los adultos siguiéndoles el juego, les propuso quedarse con alguna de esas piedras Los niños del verano, pícaros como ellos solos, no se lo pensaron mucho y respondieron con que aquello tenía un precio.
Y así comenzaron a venderlas.
Aquello cayó bien entre los padres, los amigos, la gente que pasa o que vive en aquel pueblo y durante unos días, (hasta que los chavales se cansaron y buscaron otro entretenimiento), por las tardes se ponían a venderlas. La gente en sus paseos, desfilaba por un improvisado puesto de venta que montaron los chavales a cobijo de una buena sombra, en una de las tranquilas calles de aquel pueblo y prácticamente no hubo nadie que no les comprase una de aquellas coloridas piedras.
El precio oscilaba entre los cincuenta céntimos y los dos euros. Todo a juicio de los artistas que según el aspecto de la pieza o lo elaborado de sus dibujos, las tasaban con el valor que estimasen adecuado. El plan era recaudar lo necesario para organizar en unos días una merienda con abundantes refrescos, dulces y demás. Y así fue como lo hicieron.
Cuando llevaban un par de días con su puesto de venta, regresaba del río de darme el habitual chapuzón y frené la bicicleta delante de aquel colorido mostrador.
Mientras algunos se dedicaban a la venta otros seguían decorando nuevas piedras. A tenor de la abundancia de material expuesto, parecía claro que iban a crear un abundante stock que acabaría de nuevo en el río o quizás por la cuneta de cualquier camino.
Sin bajarme de la bici las examiné con detenimiento. Algunos se habían esmerado mucho y era curioso con que imaginación habían entremezclado los colores de las ceras con las que las pintaban, entre las vetas de algunas piedras. Así que después de echarles un vistazo, hubo una que me dijo ¡mira!
Al verla reconocí quien era el autor.


-Me llevo esa.
-¿Esa?, -preguntó uno de los chavales ofreciéndome la posibilidad de que me lo pensase. Quizás mi elección le pareció precipitada, quizás entendía que había piedras más bonitas, más regulares en sus formas, más intensas en sus colores.
¡Que más me daba todo eso!
-Pues sí, esa es la que me llevo.
La tomé del grupo de las que costaban un euro, la estuve examinando y la dejé de nuevo en el mostrador en el grupo de las de dos euros.
-¿Cuánto vale?
Algunos críos se miraron de reojo en plan pícaro, pero otro, que no era el que me había atendido, me respondió sin malicia alguna:
-Un euro.
-¿Uno?, pues está en el grupo de las de dos…
-La he pintado yo, – me contestó el mismo chaval.
-Ya, ya lo sé.
Él, me miró extrañado, así que le aclaré su duda.
-Es la bandera de tu país.
Said asintió orgulloso.
-Es la bandera de Sahara, -sentenció rotundo despertando el interés de los demás niños del verano por unos segundos que me rodearon para observar la piedra con detalle y después olvidarse de ella.
Pagué dos euros, la metí en la mochila y me marché
La piedra está desde entonces en el zócalo de una ventana, en mi habitación, en esa casa que me acoge en verano y en días robados al calendario. Me agrada verla, hay veces que descansa sobre un montón de libros, otras hace de pisapapeles y otras simplemente decora y se calienta cuando como hoy, el sol le da de lleno.
Said hace ya tiempo que dejó de ser un niño del verano, precisamente por no venir a la cita estival desde hace varios años y a él dedico estas líneas, pero con la mirada puesta de reojo en aquellos que se autodefinen como “Ciudadanos del mundo” y a esos otros que ignoran determinadas injusticias, simplemente porque no asoman a sus vidas martilleando sus mentes desde el televisor de su salón y logran así, tener siempre huecos libres  de espacio en la conciencia.
Said fue uno de los niños del verano durante cuatro o quizá cinco años. Existen (quizá ya no) programas de acogida para chavales de algunos países durante el verano. Ya sabéis, una familia los acoge y durante esos tres meses y así, desconectan de una realidad a menudo calamitosa. En el caso de Said, cambiaba el campo de refugiados en algún lugar del desierto de Argelia próximo al Sahara, su tierra invadida, por un mundo que se  asoma al llegar cada verano a las vacaciones, a los juegos de otros críos como él en las calles de la ciudad y también en las de aquel pueblo donde su familia de acogida,  amigos y convecinos veraniegos de este que escribe, le llevaron durante los años que disfrutó de esa posibilidad.


Said ahora en 2014, rondará los dieciocho años y la posibilidad de que vuelva ha desaparecido. Sus “padres y hermano de acogida” intentan volver a reunirse con él, pero ya no ha sido posible. Se hizo mayor para seguir siendo un niño del verano. Desde la distancia le animan a que estudie y que eluda el futuro de muchos que no es otro que acabar tomando las armas para pelear por su tierra. Por ahora parece que Said, sigue estudiando.
A fin de cuentas, hay también maneras de luchar que no requieren armas de fuego, pero sí, tiene que ser difícil para un chico joven refrenar el instinto de salir a pelear por lo que se considera propio. En la medida que la vida le permita, u otros le permitan, ser dueño de su vida, Said dibujará su futuro.
Estoy seguro de que a él, también le gustaría un día decir en una animada tertulia entre conocidos “soy ciudadano del mundo”. Pero no puede sentirse como tal, no al menos mientras no disponga, como cualquier autoproclamado “ciudadano del mundo”, de un documento de identidad que le acredite una nacionalidad aceptada, y desde esa seguridad y reconocimiento, poder decidir qué es .

Y mientras pienso en todo esto y en que no hace falta irse hasta el Sahara para descubrir la ironía de la ciudadanía mundial, a la que me encantaría adscribirme si se liberara de su hipocresía,  la piedra que Said pintó con colores  y trazos valiosos para él, está ahora al medio día recibiendo el sol que atraviesa la ventana.
Alargo la mano y antes de tomarla ya percibo el calor que desprende.
Ahí está caliente, como seguro están las piedras de su tierra yerma y áspera, castigada por el sol que la convierte en desierto, porque a fin de cuentas esta es una auténtica piedra del Sahara, aunque Said tuviese que sumergiese en las frías aguas de un río que corre esquivando montañas verdes, para rescatarla del fondo y mostrarsela a sus amigos.

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4 comentarios

  • Muy bueno me ha emocionado y me ha apretado las tripas todos esos pueblos oprimidos cada día mas y mas

  • Teté González comenta:
    20 abril, 2014 a las 18:59

    Responder

    Muchas gracias por estas palabras que has dedicado a Said. Me he emocionado leyendo y recordando a «nuestro» niño que se que quedo grabado en los corazones de ese gran pueblo que tenemos. Yo se que algún día volverá a nuestras vidas y espero y deseo que sea pronto. Gracias Fran!

  • Me ha encantado compartir recuerdos de Said, yo el mejor recuerdo que tengo es verle en bicicleta cantando y sonriendo, era feliz y espero que aunque lejos lo siga siendo

  • Me ha encantado el relato!!yo también espero que Said siga siendo feliz y recordando aquellos veranos tan buenos que ha disfrutado con Teté, Lorenzo y Miguel.Esperemos que con el tiempo pueda regresar de nuevo con ellos.

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