No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente

No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente

Últimamente las lecturas que mejor poso me están dejando son de autores que terminaron sus días suicidándose. En serio que es algo totalmente casual (no soy tan retorcido), pero es curioso que sin buscarlo haya coincidido así. Lo que ya no ha sido casual es que me lanzase a buscar por la red siniestras listas de escritores que seguro estaba de encontrar, quedándome para mi asombro sorprendido por hallar demasiados nombres y por encontrar a viejos conocidos de los que desconocía su trágico final y que en su momento, conectaron conmigo a través del tiempo (como hacen siempre los escritores) con sus obras de las que guardo gratos recuerdos.

Ahora no puedo evitar conjuntar esos nombres con los de algunos músicos o pintores que compartieron la misma decisión sobre su existencia y es que de alguna manera, asocio pintura, música y escritura como los tres vértices de un triángulo muy personal en el que sus lados, representando estas tres disciplinas, varían sus longitudes proporcionalmente entre ellos sin conseguir quebrar la figura geométrica.
Pero regreso en busca de esa esa chispa que me ha empujado a escribir sobre los suicidas del arte y me planteo el porqué de esa disposición para conectar con ellos ¿por qué tienen esa facilidad para atraparnos?
Medrando entre sus tristezas o miedos, entre sus frustraciones o padecimientos el arte y su belleza como expresión o como liberación, emerge con sus creaciones desordenadas, amontonadas y diseminadas igual que la vegetación silvestre que invade un huerto abandonado.

Será que la felicidad o la estabilidad (mejor llamarla así) no está en las brújulas de todos, pues hay mentes en las que residen tempestades a las que solo capearán creando arte, y bien puede ser cierto que si esos embates no cesan, al final derriben los diques que los contuvieron.

No se si es que se rinden o que simplemente no encuentran motivos para seguir ofreciendo resistencia, pero a estos artistas quizá por su fin tan categórico los reconozco con una sinceridad tal que encuentro en sus obras una llamada, un aviso o simplemente una reflexión sobre la particular lucha de cada uno.

Y así, releyendo sobre la vida y trabajos de unos y de otros, encuentro una frase, una cita o sentencia. Me resulta ambigua y categórica, tan rotunda que descubro en su mensaje el espíritu de la creación, el delirio de la imaginación o incluso  una apuesta firme por el deseo de alcanzar la propia libertad.
Escribe Virginia Woolf (1882-1941) poco antes de suicidarse:

«No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente.»

Y es seguro que no la hay,  pues es tan complejo, fantástico y débil el cerebro, que en su propio proceso creativo a veces termina por colapsar al cuerpo que lo sustenta y a su propio dueño, porque ambos se han consagrado a el  y a su causa, como intrépidos aventureros de una novela de Julio Verne que descienden impetuosos hacia el fondo de la tierra.

 

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Un comentario

  • Miedo caer en esos pozos cuando no se tiene arte al que asirse .
    Genial como siempre .
    No pares de mover el triangulo .

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