Días raros

Días raros

A veces se cruzan días raros, días extraños. En pocas fechas se han alternado pequeñas dosis de indiferencia y agresividad en contra y confieso que me han dejado tocado, sorprendido, en cierta manera desarmado.

Leí esa tarde en un banco, disfrutando de esa brisa fresca que se levanta previa a la galerna que mas lejos, en el mar, se ha desatado y que me envía su regalo en forma de viento frío y húmedo en medio de la tarde bochornosa.

Leí en un banco rodeado de bloques de pisos, en un patio con algunos columpios y varios niños que corrían detrás de balones y bailaban peonzas, en un patio que quizás yo también jugué de crío.

Leí durante una hora larga, quizás hora y media, leí tanto que ahora solo me resta un puñado de páginas para terminar la novela.

Leía “El último encuentro” de Sandor Marai y me gusta este tipo. Es ya el tercer libro suyo que cae en mis manos y de tres he acertado en tres. Buen promedio para el amigo Sandor.

Después de cerrar la novela, me regalo un paseo en buena compañía, y de paso dos o tres cervezas. Descubro apurando el último trago que el fondo que creo encontrar en el libro, nada que ver con el argumento, cobra forma a mi alrededor al asociarlo a esos días raros, días extraños por los que cruzo. Y recuerdo un texto que hace tan solo un rato he releído dos o tres veces, insistiendo en el como si de una premonición se hubiese tratado, un párrafo breve que me asombra y dice así::

«No hay un proceso anímico más triste, más desesperado que cuando se enfría una amistad entre dos hombres. Porque entre un hombre y una mujer todo tiene condiciones, como el regateo en el mercado. Porque el sentido profundo de la amistad entre hombres es justamente el altruismo: que no queremos un sacrificio del otro, que no queremos su ternura, que no queremos nada en absoluto, solamente mantener el acuerdo de una alianza sin palabras.»

Y ahora que lo entiendo no puedo por mas insistir en que me he quedado  tocado, sorprendido, en cierta manera desarmado.