Blog | Francisco Panera

Dejé atrás las presentaciones en ciudades o poblaciones, más o menos grandes, y agosto lo dediqué a llevar «Dolor», por unos cuántos pueblos de León, que en mayor o menos medida, presentaban alguna relación directa con el relato.

Boñar, Cármenes, La Vecilla, La Mata de Curueño, La Cándana… son lugares que pueden resultar desconocidos para la mayoría, obviamente, pero para mí cómo autor, resultaba casi una necesidad personal realizar presentaciones en esos lugares, testar las impresiones del público lector, cuándo un tipo de lejos, les cuenta una historia ambientada en su entorno y además, bucea en la historia creando a veces cierta controversia.

Una parte importante de los sucesos de la novela, acaecidos durante los años de la segunda república, la posterior guerra civil, durante la represión que siguió al conflicto, despiertan sentimientos encontrados en algunos lectores. Por una parte quienes los encuentran tan lejanos que creen que es hora de olvidarlos y por otra, aquellos que piensan que aunque sea una etapa a superar, la memoria debe rendir tributo a tantas víctimas, que lo fueron en nombre de defender la libertad frente a la barbarie fascista.

Personalmente comparto este punto de vista. Así pues, estos aspectos unidos a otros de la novela, cómo la violencia en Euskadi, las localizaciones y el enfoque de los sucesos y personajes, creo debate en las presentaciones y eso siempre está bien.

El comienzo de este periplo, fue con una entrevista en televisión. El canal regional 987TV, que estaba cubriendo información sobre diferentes actos que se iban a suceder alrededor de la XL Semana Cultural de Cármenes (León) me dedicó unos cuántos minutos, para conversar sobre la novela que allí iba a presentar.

Bajo estas líneas, aparece la grabación del programa completo en el que se sucede la entrevista. Para acceder a ella de manera directa, es preciso reproducir el vídeo a partir de 1 hora 17 minutos y 24 segundos aproximadamente.

Pero ese mismo día, por la tarde, tenía la primera de estas presentaciones estivales. La cita fue el 9 de agosto en Boñar, en un local espacioso, que también funciona cómo oficina de turismo y que se quedó pequeño por la alta asistencia de público. Hubo un momento, que al no haber ya más asientos disponibles, algunas personas siguieron el acto de pie y otras, desde la calle, pues había unos amplios ventanales abiertos y en modo alguno, impedían ver y escuchar lo que adentro se cocía.

Confieso que nunca me ha pasado nada igual y bueno, muy agradecido por supuesto por el interés. En esta presentación, así cómo en la que se sucedería días después en La vecilla, estuve acompañado por la historiadora, investigadora y profesora de la Universidad de león, Ana Cristina Rodríguez Guerra.

Años atrás, la conocí tras impartir ella una charla sobre la represión franquista en León. Al terminar la abordé, presentándome y contándole que tenía en mente escribir una novela, ubicada precisamente en aquel territorio, en aquella época… Muy generosamente se prestó a ayudarme y fruto de trabajos de inevstigación que compartió conmigo Dolor es cómo es. Muchos sucesos reales, fueron novelados sí, pero el gérmen de aquello fue poder acceder a su trabajo. Así que de nuevo, volví a tener la suerte que me acompañase en las presentaciones, de que me presentase y en algunos momentos, nos hiciese a todos diversos apuntes para situar perfectamente en nuestras mentes, el entorno social y político de aquellos tiempos. El peso e importancia que tiene el conocimiento histórico de unos hechos que ha condicionado incluso, nuestro actual sistema político. Un lujo.

Al día siguiente otra presentación. Regresé a Cármenes, donde en la mañana del día anterior me habían entrevistado, para desde el casino de esta localidad acercar mi novela a un público, entregado a participar en su Semana Cultural, que por cierto, tiene un gran nombre y raigambre en león, cómo así lo atestiguan, sus ya cuarenta ediciones. El local dónde nos reunimos, el casino, es un lugar con encanto. Una de esas instalaciones que tan populares y habitúales eran en algunos pueblos, desde finales del siglo XIX.

Cuando nada más llegar al casino realicé esta fotografía, dejando a un lado la maleta que arrastraba con mis libros, me convencí de que debía permanecer así, desprovista de color. El entorno, lo que llevaba en la cabeza… pura subjetividad.

Lugares en los que se exhibían todo tipo de espectáculos, cine también, que con sus mesas y barra de bar, ofrecían a los asistentes la posibilidad de reunión, de jugar partidas de naipes… o cómo en este caso, de hacer la presentación de una novela, ambientada en gran parte, en ese entorno. Puesto que la mina de Dolor, y los pueblos que en la narración la rodean, fueron «robados» para la novela de allí mismo.

Un rincón de Cármenes, anocheciendo, de camino al casino.

Una circunstancia que por proximidad, y al ser desvelada a los lectores, causó un particular interés. conocer los escenarios de una novela, haber paseado por ellos, siempre es un plus. Me acompañó en la presentación el escritor y periodista, precisamente natural de aquella zona, Fulgencio Fernández.

Sus conocimientos sobre el entorno e historia del lugar, precisamente en paralelo a los acontecimientos descritos en la novela, aportaron mucha luz al acto. Personalmente fue muy enriquecedor, máxime al salir de allí, sabiendo mucho más de lo que sabía. Y es que además, este hombre, Fulgencio, tiene un carisma un carácter, que hace que pasar un rato con él sea visto y no visto. La particularidad de algunos datos de la novela, nos hicieron improvisar allí mismo, en la posibilidad a futuro, de realizar alguna ruta por el entorno, visitando escenarios cómo las minas que inspiraron una parte de Dolor. Ojalá el proyecto salga adelante algún día. Sigo adelante con este relato de esta mini gira literaria y aunque empiezo a darme cuenta de que queda un poco extenso, la dinámica va a ser la misma. Prefiero unirlos todos en una publicación, que hacer una por cada uno, pues desde mi punto de vista, conforman un bloque. Quizá de naturaleza subjetiva sí, pero es que cómo no soy cronista, si no escritor…

Decía entonces, que al día siguiente realicé otra presentación. Esta vez fue en La Vecilla y de nuevo me acompañó la historiadora Ana Cristina Rodríguez Guerra. El lugar para hacerlo, una maravilla, pues se trataba del torreón medieval que tienen en esta localidad.

Una construcción monumental que fue restaurada hace años y cumple las funciones de ayuntamiento, con un espacio ideal para presentaciones, sí, pero había algo más. Nos encontrábamos entre unos muros que también fueron cárcel, a lo largo de los tiempos, que durante el periodo previo a la guerra civil, durante y después, fue lugar de encierro y represión, de «sacas» para hacer desaparecer de la zona, a la resistencia republicana.

Por tanto, todos esos aspectos, unidos a algunas tramas de la novela, pues Dolor transita tanto por esos tiempos, cómo por este mismo lugar, presentaban para los dos, en el caso de ella cómo historiadora e investigadora de la represión franquista, en el mío cómo escritor, un valor añadido.

Fue muy emocionante y tuvo algunos momentos muy emotivos, cuando ante los asistentes, se evocó el recuerdo y algunos de los nombres, de aquellos que en los años treinta del siglo pasado, rindieron su vida y libertad por conseguir vivir en un estado democrático, haciendo por supuesto mención al olvido, donde entonces y aún ahora, algunos quieren sepultar su memoria.

Tras estas tres intensas citas, dejé que pasaran unos días, no en vano coincidían fechas con mi periodo vacacional, y no retomé esta actividad hasta mitad de la segunda quincena de agosto.

Una de ellas fue en un pequeño pueblo, que me acoge desde crío en vacaciones y otras fechas que consigo robarle al calendario. Digamos que lo mismo que cuándo presento en Bilbao o Basauri, jugaba en casa. me reuní con vecinos y amigos en el restaurante Las Colineras, de La Mata de Curueño y bueno, las presentaciones en locales hosteleros tienen ese plus de que la gente se encuentra más distendida. Lo mismo tomando un café, que nada, que una caña o una copa… La locuacidad de todos se desata y siempre sale todo estupendo.

Unos días más tarde, realicé ya la última en la localidad vecina de La Cándana, en unas antiguas escuelas. Son detalles que pueden pasar por alto para la generalidad de los asistentes, o quizá no, pero presentar un libro en un espacio que fue escuela de niños que ya no existen, darle esa vida por una hora y pico, tiene un poso de nostalgia, de encontrar un sentido añadido respecto al que tiene el hecho de escribir.

A todas estas presentaciones señaladas, asistieron tanto los lugareños, cómo muchos oriundos de esos lugares, que regresan en periodo estival a dar vida a esos pueblos. Presentaciones sí, en lugares pequeños pero llenos de entusiasmo, que me sirvieron para reencontrarme con el espíritu (quizá por llevar la novela a sus escenarios más significativos) que me empuja a escribir.

Muere el día en Cármenes. Al fondo, el macizo del Bodón, montaña a cuyo cobijo, surgió Dolor, un recóndito pueblo entre las páginas de un libro.

Hay mañanas, como la de hoy, o también tardes, algunos ratos con los que me premio si la actividad rutinaria así lo permite. Entonces salgo a caminar por los caminos que custodian al Nervión por sus orillas hasta pasar Arrigorriaga. Otras veces subo a Malmasín realizando variaciones en la ruta. Arranco desde Basozelai o San Miguel, hago cima y bajo a Arrigo, a Ollargan, a Bolintxu, pues la maraña de senderos que recorren sus laderas, son viejos conocidos.

Estos paseos de dos o tres horas, sin alejarme mucho de casa, me sirven cómo a cualquiera, para relajar la mente y debatir conmigo las cuestiones que en ese momento me ocupen. Debo decir que bastantes veces he recurrido a esta terapia, para aclarar ideas ante un bloqueo en la escritura. Lo que no os he dicho es que algunas de esas veces, me voy de caminata con alguno de los libros que en ese momento esté leyendo.

Hoy, uno de esos dias, no he llegado muy lejos. Me he desviado para sentarme en un banco, que no está muy lejos de casa y al que a veces me acerco para leer. Para leer y al de un rato, escribir algo cómo esto sí, utilizando el teléfono móvil, que ya más que teléfono es un compendio de elementos, a veces inclasificables.

En cualquier caso, esta introducción es para hablar de ese banco, que pilla a desmano de cualquier camino, por ante el que no va a pasar nadie, si es que no se dirigen concretamente a él para sentarse.

Disfruta durante casi todo el día, de una sombra perfecta ahora en verano. Una maravilla para estar ubicado en un entorno urbano, aunque sea en las lindes con lo que comúnmente llamaríamos monte. A un lado, tras una curva, el camino que trajo hasta aquí, se pierde entre la maleza y las ramas, que desde sus márgenes se inclinan hacia su centro. Un poco más adelante muere, sin llegar a ningún lado.

Ocurre a veces, pocas, que algún caminante pasa por delante y dobla la curva, perdiéndose de la vista de cualquiera tras ella. Podría decirle entonces, que el camino se corta más adelante, pero desde que se lo advertí a un hombre mayor y me respondió con un tajante «Voy a mear» ya no les digo nada, siempre que no me pregunten, claro.

-¿A dónde conduce este camino?

-Se corta unos metros más adelante, pero ya puestos, cuando llegue alli, puede aprovechar y echar una meadita.

-¡Qué buena idea! Muchas gracias.

-De nada, no se merecen.

Bueno, mas o menos. Igual menos, sí. Pero lo que me gusta de este lugar, es que de verdad puedo disfrutar en él de la lectura y eso que no paro de oír los pájaros y el incesante y lejano murmullo del tráfico de la A8. Será una paranoia mía, pero ese siseo infinito de los miles de vehículos que cruzan, cuyo sonido no se superpone al de las aves o al murmullo de las ramas de estos árboles si los mece el viento, me recuerda al mar. A un oleaje raro que no llega a romper, un rumor continuo. Pero lo mejor, es la vía del tren cercana. Ese traqueteo me atrapa, dejo incluso de leer para no perder detalle.

De más joven, solía alternar por algunos bares del casco viejo de Basauri. Esta pequeña barriada, que por cierto está ahora en proceso de desaparición, se encuentra al lado de la vía ferroviaria. De madrugada cuando cerraban los garitos y regresaba a casa, era frecuente que pasasen largos convoyes de mercancías. Quedarte en la orilla de la vía, a no más de un metro del paso del tren y dejar que el estruendo de una veintena, o casi ¡o más ! de vagones de contenedores te envolviera, era puro rock and roll. Desde luego que no desmerecía para nada, del que hubiese estado escuchando por los bares, un rato antes.

Hoy me he acordado de eso con el paso de un par de trenes y claro, dejé de leer para contármelo.

Sí, es un título con trampa, pues nada menos indicado que usar la expresión «blablá» , empleada para referirse a textos o conversaciones sin base ni contenido, cuando con ella hago referencia a una feria del libro. Pero las siglas BLA, (Bilboko Liburu Azoka en euskera) se prestaban al chiste.

Un evento que ha recobrado la fuerza que poseía antes de la pandemia y eso siempre es una buena noticia. Varios días dedicando ejemplares a los lectores, desde las casetas de Sorgin iburudenda y la librería Etxean, especialmente de «Dolor» por ser la última novela, pero también los ha habido que se han interesado por mis anteriores publicaciones y verlas que siguen viajando a las bibliotecas de nuevos lectores, es muy motivador.

Termino la feria con buenas sensaciones y por delante, aguarda un verano con unas cuantas citas literarias pendientes.

El diario El Correo, publica hoy en su edición dominical, este artículo. Un texto que recoge gran parte del espíritu de Dolor.

Muy agradecido.

PINCHA EN EL LINK Y ACCEDE AL PROGRAMA DE LA FERIA LIBRO BILBAO 2022

https://liburuganbara.eus/wp-content/uploads/2022/06/88641-BILBOKO-LIBURU-AZOKA-52-web_compressed.pdf

El manzano del portal de casa es un viejito. A sus más de ochenta años ha perdido gran parte de sus ramas. Algunas eran gruesas como el torso de hombre, como el tronco de su base. Por ellas hemos trepado y a cobijo de su sombra y también la de su pareja, otro manzano, hemos comido, cenado, hemos rodeado la enorme mesa que en periodos de vacaciones se montaba entre ambos.

La verdad es que unas cuatro generaciones de la familia han recibido el cuidado de su sombra. Incluso su par gemelo, el manzano que murió el año pasado, sostuvo un columpio en el que primos, mis hermanas y yo, nos balanceábamos al ritmo que la rama nos indicaba y que parecía amenazar conque se iba a partir.
Pero eso no pasaba, es más, creo que debíamos ser su diversión cuando dejaba caer alguna manzana al pasar bajo su copa.
Ochenta años, o más, son muchos años para un frutal. Yo creo que no pueden alcanzar las existencias de un roble o un haya,, porque estos, los manzanos por ejemplo, gastan una energía vital que otros árboles no emplean.
Energía en crear fruta de una flor, energía que nos regalan en forma de manzanas. Por eso viven menos, y sus vidas, son similares a las nuestras. No le deis demasiadas vueltas a esto, es cosa mía.

Pero así todo, el manzano este año se está preparando para lucir como debe. Ya han brotado las hojas por las pocas ramas que le quedan, e incluso ha echado flores. Si esquiva las heladas, este otoño habrá manzanas.
No es eso lo más importante, lo que quisiera es seguir viéndole lucir su mermada copa. Se le ve con ganas, a pesar de tantas hormigas que han creado su colonia por entre su ahuecada corteza, a pesar de que el año pasado, así de improviso, se viniese casi la mitad de su copa al suelo.


Ha pasado el invierno y no se ha rendido, como le ocurrió a su compañero.
Aquel se derrumbó y este, ya ha comenzado con su particular ceremonia del adiós. Primero cae una rama seca, luego otra que se viene al suelo… Luego otras más.
No hay prisa en reemplazarlos, que sucederá, pero no ahora. Aun seguiremos juntos algún tiempo, alimentando nuestros recuerdos, prolongando hasta bien entrada la noche, la madrugada, tertulias y veladas estivales a cobijo de un viejo y tullido manzano.

El sábado 21 de mayo, estuve en la feria del Libro de Santurtzi, de nuevo invitado por la librería Sorgin de Sestao.

Fue la primera vez que compartí stand con una escritora infantil, Lola Núñez, de quien me maravilló su capacidad para conectar con lectores muy pero que muy jóvenes.

Buena tarde, cogiendo tablas por si alguna vez se me ocurre cambiar de público lector.

Así comienza el viaje iniciático de un tal Julen, en un capítulo de Dolor.

Y así, he encontrado las localizaciones, esta mañana por Bilbao. Un poco cambiadas, sí, pero no demasiado.

6. El viaje

La estación de La Concordia es un edificio de estilo modernista. Su fachada ornamentada que entremezcla cerámicas, hierro forjado y cristal, la convierten en un hermoso balcón desde el que asomarse hacia la ría de Bilbao, hacia el imponente teatro Arriaga y al laberíntico casco histórico de la villa.

Hacia esa estación camina Julen, y mientras cruza la ría por el puente del Arenal, va pensando en tales asuntos, si en efecto, son los edificios emblemáticos en una ciudad, los que la confieren de un talante particular, o si por contra, es la idiosincrasia de sus gentes, la que moldea y da forma a las construcciones, para que reflejen su ser y carácter. Especula y se adentra en cuestiones tan paradójicas, pues a pesar de no haber pegado ojo en toda la noche, está lúcido y mantiene el desparpajo conferido por los restos de la mescalina, que todavía se recrean por entre sus neuronas. (…)

Faltan poco más de diez minutos para la salida cuando, por fin, asciende la escalinata hacia el andén con su título de viaje. Arriba una larga y coqueta columnata de granito, le anima a acercarse y a apoyar sus manos en la balaustrada que se asoma sobre la calle Bailén.

Se libera del peso de la mochila, apoyándola a su lado y da lumbre a un Lucky que acaba de poner en sus labios. Exhala intensas bocanadas de humo y repara en que muchos otros antes que él, apoyados sobre esa misma piedra que como un balcón mira a la ciudad, habrían encendido su primer cigarrillo al llegar a Bilbao en aquel tren, que empezó trayendo carbón a finales del siglo XIX pero al que se fueron después subiendo, los jóvenes de los parajes por donde discurría el hullero. Convertidos en la mano de obra que rendiría su esfuerzo en la deshumanizada industria, que se expandía por las orillas de aquella ría, o se convirtiesen ellas, en empleadas domésticas de la floreciente burguesía vasca.

La locomotora, una ensordecedora máquina de gasóleo, emite un mugido sin fin, sin descanso, que no se interrumpe ni para tomar aire y retumba contra la cubierta de la estación. A Julen le parece una puesta en escena de vigor desproporcionado, para solo tres vagones que tiene que arrastrar. Pero toda la potencia que alberga, no será para nada desdeñable cuando el convoy encare las prolongadas rampas que lo ascenderán a la meseta.

El transporte le ha estado aguardando con las puertas abiertas y apenas unos segundos después de cruzarlas, se cierran tras un sonido de advertencia. Ya dentro, el retumbar de la locomotora disminuye, aunque su rumor persistirá a lo largo de todo el viaje.

A simple vista parece un tren de cercanías. La sobriedad del interior del vagón y el dudoso confort que el ofrecen sus asientos, no parece el más adecuado para un viaje que no será corto.

Viaja en el último vagón y tras dejar la aparatosa mochila en el portabultos, toma asiento pegando la cabeza a la ventanilla, para ir poco a poco serenando su mente de la tormenta de pensamientos dispares que le asaltan.

Al iniciar el Tren de La Robla la marcha, la vista del andén es sustituida por el caótico paisaje de cualquier estación, un discurrir de raíles que se entrecruzan, vagones de mercancías huérfanos y montones de traviesas apiladas sin orden. Seguidamente, se interna en un túnel, discurriendo bajo el barrio de Bilbao la Vieja, quizá también bajo la desarropada pensión El Paraíso o el calamitoso puticlub en el que el día anterior realmente comenzó su viaje.

Otra parada en este particular recorrido por librerías destacadas de la villa.

La primera presentación que hice, cuando me embarqué en esta travesía literaria, fue en 2012, en el mismo lugar que la hice ayer, en la librería Elkar de la calle Licenciado Poza, en Bilbao.

Estas cosas, tienen un especial valor que me apetece destacar.

El espacio que dedican en este local para este tipo de eventos es estupendo. Además, estuve muy bien acompañado y la charla resultó muy amena. Cuando acude un publico participativo, es un premio la verdad.

Viernes 29 de abril, un paseo hasta FNAC Donostia para presentar Dolor a los vecinos del otro extremo de la A8.

Repetía experiencia, puesto que mi primera incursión literaria en esta ciudad fue con mi anterior novela, Siete cuerdas y también en FNAC.

Siempre es un placer, por estos y otros motivos más lúdicos, darse una vuelta por Donosti y ya, aprovechar la jornada para callejear por lo Antiguo, mimando el espíritu y el paladar.