Aquel instante en San Mamés

Aquel instante en San Mamés

 

 Ahora que te van a demoler, andamos los que te queremos como algo casi familiar buscando algún momento intenso, un recuerdo imborrable de alguna tarde o noche vivida en La Catedral y encontrar con ello una explicación a esta a nostalgia que nos empieza a invadir llegado el momento de la despedida.

No es fácil hacerlo sin caer en la autocomplacencia, y no quisiera ir por ahí.

 

 Me puedo retraer a mi primera asistencia el campo, tenía seis o siete años y desde la general me pasé prácticamente todo el partido con la mirada clavada en Iribar, en el Txopo, aquella figura negra e imponente en la portería, mi autentico ídolo de la niñez, pero no va a ser ese recuerdo el que hoy escoja.

Podía ser aquel domingo de finales de abril de 1984, celebrando en el césped del estadio con otros miles de aficionados nuestra octava liga… podía ser, pero voy a buscar otro distinto, porque la ocasión, una despedida, es distinta.

Podía ser el día que el Athletic jugó el partido mas importante de su historia, a mi modesto parecer, un encuentro en junio de 2007, en el que por primera vez estaba en juego el descenso a un solo resultado, ganar o ganar, pero tampoco me voy a quedar con ese, me quedo con otro distinto, con una noche en que el Athletic jugaba un partido de tantos, ¿era de liga? ¿era una eliminatoria europea, de copa quizás? Eso no importa. Olvidaros del fútbol, por extraño que parezca.

 

Ganábamos y quedaba poco para terminar el partido, pero a tenor del juego del rival, el ir ganando era un milagro. Estábamos totalmente desarbolados, nos estaban dando por todos lados, pero aún vivo, el Athletic continuaba luchando y ganando. Aquello tenía todas las luces de que no podía durar mucho, creo que estábamos con un jugador menos, el arbitraje ciertamente aquel día era hostil, y el rival superándonos en todas nuestras líneas. Sabéis a lo que me refiero.

 

La afición ¿podía hacer mas que animar hasta el final? Claro que lo iba a hacer, pero hay veces que ni así es suficiente.

 

Imagino el sonido atronador de casi cuarenta mil gargantas en el césped, los jugadores de uno y otro equipo motivados hasta el extremo, pero aquello ya no se podía mantener mas, o terminaba ya o la victoria se nos iba, salvo milagro.

 

Y entonces ocurrió el milagro.

 

El estadio de San Mamés convertido en una especie de ente espiritual, decidió que aunque faltasen unos cinco minutos para que el árbitro pitase el final, decidió que el partido estaba acabado, así como suena ¡acabado!, que la victoria era nuestra y así de tal manera se empezó a festejar en las gradas cuando mas nos atacaban, cuando mas disparaba el rival a nuestra portería… y aún se me erizan los vellos al recordarlo porque en mi asiento en ese momento me quedé paralizado.

 

Era perfecto.

 

Aquella actitud se extendió por todas las gradas, y así la gente a pesar de tener el corazón en un puño, se puso a celebrar la victoria estando el partido aún en disputa.

 

No se animaba, ¡se celebraba!

 

La catedral estallaba en aplausos, las bufandas giraban y giraban celebrando una victoria tan frágil que estaba a punto de desvanecerse en el aire, solo era una quimera, pero no se iba a ir.

 

Los jugadores rivales miraban a los aficionados como alborozados celebraban la victoria que ellos, es cierto tenían en su mano, pero no eran capaces a que el balón avanzase en momentos esos dos o tres centímetros necesarios para convertirse en gol.

 

Los nuestros desencajados, dieron todo, a ratos alguno gritaba, liberando tensiones, o miraba a lo alto o a los ojos de cualquier desconocido en la grada que con su mirada le decía ¡soy el Athletic, eres el Athletic!.

 

Supongo que sufrí una especie de catarsis emocional y por un par de minutos no tuve palabras, solo miré y sentí.

 

Me esforcé en grabar aquel instante en mis retinas, siendo consciente de que estaba viviendo un momento fantástico.

 

Os miraba a todos y me sentí entre los míos.

 

Y seguiré teniendo la excusa cada quince días de revivir ese sueño donde el asombro y los deseos están en juego con resultado incierto, donde se bebe un trago de vida, dulce o amarga.

 

Y ahora te digo agur escenario de fútbol y de humildad, de orgullo y de respeto, teatro de la ilusión en la mirada de aquel niño que se emocionó por tener delante a Iribar, tal y como otros tuvieron en su niñez a Pitxitxi o a  Zarra,  a  Gainza o a Lezama, a Guerrero o a Carmelo, a Belauste o como los críos de ahora al ver debutar a un Muniain poco mayor que ellos… o a los cientos de leones de San Mamés que han honrado tu césped en este siglo que cumples.

 

Eso es San Mamés para mí, una atmósfera de miles de memorias, de otros que estuvieron con nosotros y ya no están, pero su entusiasmo infantil se quedó impregnado entre sus hormigones, sus escaleras, en sus asientos, en su césped, en su arco…un lugar al que siempre queremos regresar y del que, de verdad, aunque se derribe, nunca nos vamos a marchar.

Hasta siempre viejo amigo.

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